viernes, 27 de febrero de 2015

Pilar Miró, la mujer que conquistó el cine y la televisión

La cineasta, con su media melena y vestido blanco, ante el micrófono, sostiene su premio Goya..
Pilar Miró con el Premio Goya a la Mejor Dirección. Foto: RTVE
La directora de cine Pilar Miró es un personaje excepcional de la historia del cine y la televisión en España. Con un puñado de películas memorables, como El crimen de Cuenca o El perro del hortelano, de las que fue directora y guionista, se situó entre los grandes cine español. Además, fue la primera mujer realizadora de televisión en España, con numerosas adaptaciones de clásicos literarios.
 

La carrera cinematográfica de esta madrileña se inició en 1976 con la película La petición, que obtuvo el premio a la Mejor Dirección Revelación del Círculo de Escritores Cinematográficos. Tres años después estrenó El crimen de Cuenca, que causó un impacto extraordinario en el público y consiguió un importante éxito en taquilla, al que contribuyó la polémica causada por el Gobierno al decidir poner la cinta a disposición de las autoridades militares, que la secuestraron durante año y medio antes de su estreno, y pidieron seis años de cárcel para la cineasta. Fue el fenómeno cinematográfico de la Transición española, la única película prohibida tras la abolición de la censura en 1977. Su recaudación en taquilla fue de 461 millones de pesetas.
El cartel de la película muestra a los actores Emma Suarez y Gonzalo Gómez, en actitud amorosa, vestidos al modo del siglo XVII.
El perro del hortelano, cartel.

Las siguientes películas de Pilar Miró fueron Gary Cooper, que estás en los cielos, de 1981, y Hablamos esta noche, de 1982, año en el que   fue nombrada directora general de Cinematografía, cargo en el que promovió una ley de subvenciones anticipadas a la producción de películas, conocida como Ley Miró, no exenta de polémicas, que propició el auge del cine español. En 1985 dejó su puesto al frente de la Cinematografía, rodó Werther, y al año siguiente aceptó el puesto de directora general de Radiotelevisión Española, iniciando la reestructuración de este ente público ante la llegada de las televisiones privadas.

A finales de 1988 se enfrentó a un proceso judicial por comprar vestuario con fondos públicos. Tuvo que devolver el dinero y fue absuelta, el tribunal no halló uso privado, sino en razón de su cargo, incidiendo en que el vestuario se encontraba en el armario de su despacho de RTVE. No obstante, en 1989 dimitió de la función político-administrativa y volvió a su profesión de cineasta. Dirigió Beltenebros, que fue galardonada con el Oso de Plata a la Mejor Dirección en el Festival de Cine de Berlín. Después llegaron El pájaro de la felicidad y El perro del hortelano, su trabajo más arriesgado, adaptación de una comedia en verso de Lope de Vega con la que logró siete Premios Goya. Antes, la película había conseguido el máximo galardón en el festival argentino de Mar de Plata. Su última película, Tu nombre envenena mis sueños, está basada en una novela de Joaquín Leguina, expresidente de la Comunidad de Madrid.

Entre los mejores trabajos de su última etapa se encuentra la realización de las retransmisiones de las bodas de las infantas Elena y Cristina, labor para la que fue elegida por los Reyes, con quienes tenía una gran amistad.

La cineasta, en primer plano de perfil, con camiseta y sombrero, rodando una película.
Pilar Miró durante el rodaje de una película.

Películas de Pilar Miró (Dirección y guión)

La petición (1976), El crimen de Cuenca (1979), Gary Cooper, que estás en los cielos (1980), Hablamos esta noche (1982), Werther (1986), Beltenebros (1991), Tu nombre envenena mis sueños y El perro del hortelano (1996). Otras películas (dirección): La niña de luto (1964), El juego de la oca (1965), El pájaro de la felicidad (1993).


Pilar Miró Moreno, nació en Madrid en 1940, hija de militar. Estudió Derecho y Periodismo y se licenció en la Escuela Oficial de Cine, en la especialidad de guión. Comenzó trabajando de auxiliar de redacción en Televisión Española, fue redactora, ayudante de realización y en 1963 era la primera mujer realizadora de televisión en España. Realizó más de 200 programas y adaptaciones de grandes clásicos literarios y obras de teatro para Televisión Española, además de retransmisiones en directo, concursos y musicales. Pilar Miró, madre de Gonzalo Miró, presentador de televisión, falleció en Madrid en 1997.

jueves, 19 de febrero de 2015

El nombre de la antigua calle de la Cueva

Los nueve azulejos que forman la placa están pintados con el retrato del marqués de Leganés y debajo el nombre de la calle.
Placa de la calle Marqués de Leganés, antes calle de la Cueva.
Cerca de la Gran Vía, entre las calles San Bernardo y Libreros, se encuentra la calle Marqués de Leganés, que antiguamente se llamaba calle de la Cueva, por unos hechos terribles que allí sucedieron a finales del siglo XVI. Una tradición que nos habla de cómo la codicia corrompe a las personas. 

Vivía en este lugar de las afueras de la época don Alonso Peralta, contable del rey Felipe II, en una gran mansión con bellos y grandes jardines. Bajo ellos había una cueva o mina cuya entrada fue tapiada en su día para evitar robos a través de sus túneles. Cuenta la tradición que de esta cueva comenzaron a salir gritos y lamentos a altas horas de la noche, por lo que los vecinos decidieron entrar a inspeccionarla, sin encontrar el motivo de dichas voces. Como los gritos seguían escuchándose, cundió el rumor de que se trataba de algún alma en pena que pedía ayuda, por lo que la familia Peralta encargó misas por sus difuntos en el cercano monasterio de Santa Ana de los  Bernardos.

Hacía poco tiempo que en esta zona, junto al portillo de Santo Domingo, una de las entradas menores a la ciudad, habían asesinado a don Gonzalo Pico dos hombres cubiertos por sus capas y chambergos, aquellos sombreros de ala ancha. Gonzalo era esposo de doña Munia Ximénez y tenían una hija, que tras la muerte de su padre había sido enviada, según su madre, a pasar una temporada con unos parientes. A don Gonzalo, que era comendador de la orden de Alcántara, le enterraron en la capilla mayor del monasterio de los Bernardos, fundado por don Alonso Peralta.

El caso es que los criados de la casa de Peralta que trabajaban en los jardines contaron un día que al anochecer habían visto a una figura vestida de blanco cruzando el jardín, y que por su apariencia era el comendador asesinado. Y como al día siguiente volvieron a ver esta figura, se atemorizaron tanto que decidieron no volver a trabajar en los jardines. La historia comenzó a propagarse, más aún por el relato de un monje con trastornos mentales que aseguraba que a media noche había visto salir al comendador de su tumba y maldecir a su esposa, por ser la causa de su muerte.


Los monjes Bernardos

Entre alaridos nocturnos y apariciones, el ambiente en el barrio era de auténtico espanto. Ocurrió que  doña Munia falleció pocos meses después y, el día de su entierro, los monjes contaron que doña Munia se había aparecido y había revelado al abad una historia horrorosa: que su hija estaba encerrada en la cueva, donde un tío materno la había llevado a buscar el tesoro que don Gonzalo, padre de la niña, había ocultado allí, en la propiedad de sus parientes, para dárselo a la niña como dote cuando llegara el momento de casarse. Los monjes contaron esta historia a los Peralta y se volvió a inspeccionar la mina con mayor detenimiento y, efectivamente, hallaron el cadáver de la chica, que fue enterrada junto a  su padre.

La Justicia tomó cartas en el asunto e hizo confesar a los tíos de la niña, los hermanos de doña Munia. Así se supo que fueron ellos quienes mataron a don Gonzalo Pico para que su hermana pudiera reclamar aquel tesoro, que estaba oculto en la propiedad de los Peralta. Sólo la chica sabía su paradero, porque había bajado a la cueva con su padre para esconderlo. Se descubrió que uno de los tíos obligó a la joven a acompañarle, que entraron por el hueco del desagüe y que se produjo un derrumbe que aplastó a la joven. El hombre escapó abandonando allí a la chica, y todos, incluida la madre, ocultaron la desgracia para no ser imputados.

De todo esto se concluye que ni hubo voces del más allá ni espectros paseantes en los jardines de Peralta. Todo fue inventado por los hermanos de doña Munia en su intento de que los jardineros descubrieran el cadáver. Se decía que la imagen vista por aquel pobre monje fue real, ya que la hermana de doña Munia se hizo pasar por ella ante él. En cuanto a la revelación de tipo espiritual concedida al abad, no se discutió, cabe pensar que pudo producirse por confesión de doña Munia, atormentada por su mala conciencia en su lecho de muerte.


En paralelo a esta calle, llamada Marqués de Leganés desde 1894, pero más cerca aún de la Gran Vía, está la calle Flor Alta, llamada antes Flor de Peralta por los bellos jardines que allí había. Toda esta propiedad fue vendida por los herederos de Peralta al marqués de Astorga y marqués de Leganés, entre otros títulos. Cuando éste construyó su palacio en este lugar ordenó revisar la cueva o mina y tapiar sus túneles. Al crearse allí la calle se la llamó de la Cueva en memoria de estos hechos.

domingo, 15 de febrero de 2015

Villa y Corte, urbanismo, higiene y seguridad

Felipe II, a mediana edad, viste coraza en negro y oro, en la mano derecha un  bastón de mando y la izquierda apoyada en la empuñadura de su espada.
Felipe II. Monasterio de El Escorial.
Las muertes de jinetes por choques contra las rejas saledizas de las ventanas eran tan frecuentes en el Madrid de finales del siglo XVI, que el asunto estaba entre las primeras ordenanzas de ‘limpieza, ornato y policía’, dispuestas por la Junta de Urbanismo creada en 1590, reinando Felipe II.

Para evitar accidentes, especialmente de noche, se dictó que las rejas saledizas fueran eliminadas de las calles estrechas y en el resto se situaran a 13 pies de altura desde el suelo (unos cuatro metros), y las que ya existían se recolocaran de modo que no las tocara la cabeza de un hombre a caballo. Tanto las antiguas como las nuevas rejas no debían sobresalir de la fachada más de cuatro dedos. Por encima de los 13 pies se ordenó que no hubiera balcón, reja, saledizo, canalillo o vaciadero que volara  más de pie y medio (unos 45 centímetros), excepto en la plaza Real, donde podían volar hasta dos pies y medio.

El asunto de las rejas saledizas no era una cuestión menor ya que era uno de los  seis temas de las primeras ordenanzas, supervisadas al detalle por el rey Felipe II desde su residencia de El Escorial. Esta Junta de Urbanismo era sucesora de la primera Junta de Urbanismo creada en Madrid, en 1580, de la que fue asesor el arquitecto real Juan de Herrera. Ya desde 1570 se dieron instrucciones reales para adecentar la villa que Felipe II había elegido como capital y que tan mala fama tenía entonces entre los embajadores europeos.

Calle Mayor


Otra de las ordenanzas se refería a la creación de cuatro calles nuevas, una en cada dirección, desde la antigua iglesia de Santa María, que estaba en lo que hoy es la confluencia de la calle Mayor y la calle Bailén. Así, se dispuso la creación de la que más tarde sería calle Mayor hasta la calle Alcalá. En su primer tramo, hasta la plaza de la Villa (por entonces llamada de San Salvador) se llamó calle Nueva de Santa María y en su segundo tramo, hasta la Puerta de Guadalajara, la puerta más importante de la época (a la altura del Mercado de San Miguel) se llamó calle Platerías. La reforma de esta vía se extendió, por orden del rey, hasta la puerta de la Pestilencia, al inicio de lo que hoy es la carrera de San Jerónimo, y era llamada así porque saliendo por ella se encontraba el hospital que atendía a los afectados por la peste, llamado hospital del Buen Suceso. Además, el rey propuso además la división de la calle en dos para crear lo que sería el primer tramo de la calle Alcalá.
Detalle del histórico plano de Madrid en 1656. En el centro, la Puerta del Sol y la desaparecida iglesia del Buen Suceso.
Plano deTexeira (detalle), 1656.

 

El funcionamiento del mercado central, en la plaza Mayor, era otro de los temas de las primeras ordenanzas. Se dieron instrucciones a los comerciantes sobre la distribución de los puestos en la plaza, los tipos de mesas, cajones y bancos aptos según los productos a la venta, sanciones por incumplimiento, precio del alquiler de los puestos (medio ducado al mes) o la limpieza del mercado, que sería a cargo de las arcas  municipales.

Fuentes y lavaderos

La pureza del agua era también un tema principal. Para evitar la contaminación de las fuentes se ordenó que no hubiera en Madrid desagües o retretes hasta que se construyera un conducto general de aguas sucias, evitando así la contaminación de manantiales por filtraciones. Por el mismo motivo se dispuso que en las proximidades de fuentes o manantiales se allanara el terreno para evitar aguas estancadas. Especial importancia tenían las aguas de la fuente de Leganitos, situada en la confluencia de la que hoy es calle del mismo nombre con la plaza de España. Se ordenó que en los pozos de las huertas cercanas no hubiera lavaderos ni desagües.

En cuanto a los lavaderos públicos, se decretó su eliminación del casco urbano y su construcción en sitios convenientes para que sus aguas vertieran al río, arroyos  o sitios sin siembra, para que no regasen frutales, huertas o jardines. Los particulares podían construirse en las casas con el compromiso de no regar con sus aguas, bajo pena de destierro temporal, estando sometidos a inspección pública.

En otra ordenanza se prohibía construir viviendas fuera de las murallas de Madrid ni cerca de ellas, decretando el derribo de las que no cumplan la norma, de modo que quedara un espacio exterior suficiente para el paso de guardas y ganado.

La intensa actividad de esta Junta de Urbanismo para convertir la villa de Madrid en una capital digna de un gran imperio disparó los gastos hasta unos 500.000 ducados a finales del reinado de Felipe II. 






 










domingo, 8 de febrero de 2015

Los primeros trenes, de Madrid a Aranjuez

Maqueta realizada en hierro y cobre de la locomotora. Un gran cilindro central, con tres ruedas a cada lado, las delanteras de menor tamaño. Destaca la alta chimenea en el frontal.
Locomotora del primer tren (maqueta). Museo del Ferrocarril.
Vista general de la fachada con los dos edificios flanqueando la marquesina o nave de trenes.
Estación de Atocha, 1930.
El primer tren madrileño cubría el trayecto Madrid-Aranjuez y se puso en marcha el 7 de febrero de 1851 desde el apeadero de Atocha, en la glorieta del mismo nombre. El nuevo medio de transporte fue toda una revolución: la distancia entre Madrid y Aranjuez se redujo de las siete horas empleadas por las diligencias a hora y media. Además permitía viajar a cientos de personas y mercancías a la vez. La reina Isabel II inauguró este primer tramo de 49 kilómetros de una línea que aspiraba a unir Madrid con el mar.

Al principio, el recorrido hasta Aranjuez contaba con cuatro estaciones: Villaverde, Getafe, Ciempozuelos y Valdemoro, y dos apeaderos, Barrera de Valdemoro y Barrera de la Reina. Hacía poco más de dos años que se había inaugurado la línea Barcelona-Mataró, que fue la primera de España, en octubre de 1848. 

Por la línea Madrid-Aranjuez circulaban tres trenes diarios en cada sentido. Los precios por viaje eran de 20 reales en los vagones de primera clase, 14 en los de segunda, 8 en tercera y 4 en cuarta. En esta categoría última los viajeros iban de pie y a la intemperie, por lo que pronto fue eliminada.

El marqués de Salamanca


El millonario José de Salamanca (marqués de Salamanca desde 1886), aprovechó sus influencias económicas y políticas (fue ministro de Hacienda en 1847) para obtener la concesión de la línea Madrid-Aranjuez tras el depósito de 6 millones de reales de vellón. Con sus socios fundó en 1845 la Sociedad del Camino de Hierro de Madrid a Aranjuez. Los contratistas eran ingleses y de la dirección de obras se encargó el ingeniero de caminos Pedro Miranda, que sustituyó al británico William Green cuando éste abandonó la sociedad.

Las obras se iniciaron a finales de 1846 y en ellas trabajaron unos 7.000 hombres. Para tender la línea se realizaron más de un centenar de obras que sortearon varios ríos y numerosos arroyos. 


Al año siguiente a su inauguración, en una turbia operación con el gobierno de los liberales moderados, el millonario Salamanca consiguió vender al Estado el tramo Madrid-Aranjuez por más de 60 millones de reales y hacerse con la concesión para el siguiente tramo, Aranjuez-Almansa. Luego, el gobierno liberal progresista anuló este acuerdo y José de Salamanca tuvo que devolver el dinero, y se rehizo la concesión del tramo a Almansa, con un presupuesto reducido en 10 millones de reales sobre el anterior.


Antiguas estaciones 
Vista parcial de la fachada de ladrillo, en la que destaca en frontal de la marquesina de trenes, de hierro y vidrio, coronada por dos leones alados.
Imagen actual de la antigua estación de Atocha. Foto: S.C.

El ferrocarril tuvo rápido desarrollo. Más allá de Aranjuez, la línea se extendió hasta Tembleque (1853), Albacete (1855) y Alicante (1858) realizándose el recorrido en unas 15 horas. 30 años después del inaugurado el tramo hasta Aranjuez ya existían en Madrid varias estaciones de ferrocarril: La estación de Atocha (1890-92), la estación del Norte (Príncipe Pío), Delicias e Imperial. Eran por entonces el símbolo del progreso y las nuevas tecnologías, con el auge de la arquitectura del hierro.

La capital de España quedó comunicada con el norte a través de la línea Madrid-Irún; con el este, desde Atocha, por la prolongación de la línea de Aranjuez hasta Alicante; y con el oeste, desde la estación de Delicias, por la línea Madrid-Cáceres-Portugal. Además, se construyó una red de cercanías (ferrocarriles de vía estrecha) para comunicar Madrid con los principales pueblos de la provincia, y se levantó la estación de Imperial para el transporte de mercancías.