sábado, 10 de febrero de 2018

Don Felipe, la calle con nombre de un juez

La estrecha calle tiene edificios de viviendas de tres plantas, con fachadas colores ocre y albero con los típicos balcones.
Calle de Don Felipe. Foto: F. Chorro
Don Felipe Acuña era alcalde de corte y rastro que vivió en Madrid en el siglo XVII. Su título se daba desde tiempos de los Reyes Católicos a los jueces encargados de impartir justicia y gobernar la corte allí donde se encontrara en cada momento y en varias leguas alrededor, además de seguir al rey en sus desplazamientos haciendo uso de su autoridad.

Tenía don Felipe fama de hombre severo e inflexible en el cumplimiento de su trabajo y todos temían sus sentencias. Sin embargo su fondo era comprensivo y bondadoso y a menudo ayudaba a los más pobres. Disfrutaba de una buena posición y era propietario de una casa y de la mayoría de los terrenos que se encontraban en torno a la llamada hoy calle de Don Felipe, entre la plaza de San Ildefonso y la calle de la Madera, que entonces eran arrabales de la ciudad.

Una anécdota de este personaje cuenta que, ya anciano y moribundo, estaba en su casa haciendo testamento ante notario y donó todo su dinero a los pobres. A instancias de los criados le preguntó el funcionario si dejaba algo para ellos, a lo que respondió: “El perdón de lo que me han hurtado”. Cuando murió, uno de los criados que velaba el cadáver  tuvo que sacar algún dinero de un escritorio para atender unos pagos, pero era tanto el temor que tenía a su difunto dueño que no se atrevió a pasar por delante del cadáver.

El juez don Felipe era también un hombre muy estudioso. Se acostaba temprano y tenía por costumbre pasar buena parte de la noche leyendo libros. Un criado gallego se encargaba de llevarle cada noche una vela encendida al lado de la cama. Ocurrió una noche que el criado olvidó poner la vela, por lo que le echó una buena reprimenda. El gallego, molesto por las duras palabras de su amo, llevó la luz a la mesilla y soltó indignado: “Tantu lere, tantu lere y cada día mas pullino, pues para sentenciar en una causa tiene que oír a los acusados y volver loco al escribano”. A los otros criados, que estaban presentes e inquietos por lo que pasaba, se les cortó la respiración temiendo la reacción del juez ante tal atrevimiento. Pero don Felipe respondió con calma y corrección: “Tiene razón. Este pueblerino ha dicho la verdad, nada tengo que corregir a sus palabras”.

Felipe Acuña, ‘don Felipe’ para los madrileños, recibió sepultura en la iglesia de las Maravillas, en la capilla de San Sebastián. Por su fama  y sus propiedades dio nombre a la calle, que antes se llamaba del Rosario.